±
± Ahora, lo que está en juego y exige
relación es todo lo que me separa del otro, es decir, el
otro en la medida en que estoy infinitamente separado de él,
separación, fisura, intervalo que le deja infinitamente
fuera de mí, pero que pretende fundar mi relación
con él en esta misma interrupción, que es una
interrupción de ser — alteridad por la cual
él no es para mí, hay que repetirlo, ni otro yo,
ni otra existencia, ni una modalidad o un momento de la existencia
universal, ni una supraexistencia, dios o no-dios, sino lo desconocido
en su distancia infinita..
Alteridad que se sitúa bajo el ascendiente del neutro.
± ± ¿Y no es posible ir más
lejos aún? Supongamos una interrupción de
algún modo absoluta y absolutamente neutra;
supongámosla no ya interior a la esfera del lenguaje, sino
exterior y anterior a toda habla y a todo silencio;
llamémosla la última, la hiperbólica.
¿No estaríamos obligados a preguntarnos si de tal
interrupción no vendría una exigencia a la que
habría que responder hablando, e incluso si hablar
(escribir) no es todavía pretender involucrar el afuera de
toda lengua en el lenguaje mismo, es decir, hablar en el interior de
este Afuera, hablar según la medida de aquel
«fuera de» que, estando en cualquier habla, corre
también el riesgo de volver a lo que se excluye de todo
hablar? Escribir: trazar un círculo en cuyo interior
vendría a inscribirse el afuera de todo
círculo...
± ± Interrumpirse para escucharse. Escucharse
para hablar. Y, finalmente, hablando sólo para interrumpirse
y hacer posible la imposible interrupción.
Maurice Blanchot