- «APRÈS
COUP»
- [Tiempo
después]
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-
De
Mallarmé a un autor inédito que le pedía un texto de
presentación o de apoyo: «Abomino los prefacios
escritos incluso por el propio autor, con mayor razón
me parece de mal tono el que otro añade. Querido, un
verdadero libro no requiere presentación, procede por
flechazo, como la mujer con el amante, y sin ayuda de un
tercero, ese marido...»
He
escrito en un sentido muy distinto: «Noli me legere».
Prohibición de lectura que significa despachar al
autor. «No me leerás.» «No subsisto como texto para
leer sino por la consumación que lentamente te ha
retirado el ser al escribir.» «Nunca sabrás lo que
has escrito, aun cuando no escribiste sino para saberlo.»
Antes
de la obra, obra de arte, obra de escritura, no hay
artista, ni escritor, ni sujeto que hable, puesto que es
la producción la que produce al productor, la que,
siendo prueba de él, lo hace nacer o desaparecer (es,
de forma simplificada, la enseñanza de Hegel e incluso
la del Talmud: el hecho prevalece sobre el ser que no se
hace sino haciendo... ¿haciendo qué? puede que
cualquier cosa: el juicio sobre la importancia de ese
cualquier cosa depende del tiempo, de lo que ocurra, de
lo que no ocurre: eso que llamamos factores históricos,
la historia, sin que esto implique andar buscando en la
historia el juicio final). Ahora bien, la obra escrita
produce al escritor y es prueba de él, pero una vez
hecha no da fe sino de la disolución de este último,
de su desaparición, de su defección y, para expresarse
con mayor brutalidad, de su muerte, por lo demás nunca
definitivamente constatada: muerte de la que no se puede
levantar acta.
Así,
antes de la obra el escritor todavía no existe, después
de la obra ya no subsiste: podría decirse que la suya
es una existencia harto dudosa, ¡y se le llama «autor»...!
Sería más cabalmente «actor», este personaje efímero
que nace y muere cada noche por haberse dado a ver de
manera exagerada, asesinado por el espectáculo que lo
hace ostensible, es decir, sin nada que le sea propio o
quede oculto en intimidad alguna.
Del
«todavía no» al «ya no»; tal sería el recorrido de
lo que llamamos escritor, no sólo su tiempo, siempre
suspendido, sino lo que le hace ser por un devenir de
interrupción.
¿Se
ha parado alguien a pensar que, muy a su pesar, Valéry,
al imaginar la utopía de Monsieur Teste, fue el más
romántico de los hombres? En sus notas escribe
ingenuamente: «Ego — Yo soñaba con un ser que
tuviera los mayores dones, para no hacer nada de ellos,
habiéndose asegurado [¿cómo?] de que los tenía.
Se lo dije a Mallarmé, un domingo en el muelle
d’Orsay.» Pero, ¿qué ser es éste, músico, filósofo,
escritor o artista, o soberano, que todo lo puede y no
hace nada? Exactamente el genio romántico, un Yo tan
superior a sí mismo y a su creación que se guarda
orgullosamente de manifestarse, un Dios por
consiguiente, que rehusaría ser demiurgo, el
Todopoderoso infinito que no podría condescender a
limitarse mediante alguna obra, por muy sublime que ésta
fuera (véase Duchamp). O tal vez sea en lo más
ordinario donde habría que presentir lo extraordinario:
ninguna obra maestra (qué pobreza, qué mediocridad
semejante «maestría», semejante aceptación de ser el
más grande, el mejor); pero Teste se descubre
precisamente a través del misterio de la banalidad, es
decir, que lo que le traiciona es aquello que le hace aparecer
en cuanto desapercibido. (No creo estar haciendo de
menos a Valéry al desvelar, en su proyecto central, la
ingenuidad adolescente, tanto más cuanto que a ésta
viene a sumarse una exigencia de extremo pudor: el «genio»
no puede sino hurtarse, borrarse: no dejar huellas, no
hacer nada que pueda mostrarlo superior en aquello que
hace e incluso en aquello que es; el incógnito divino,
el Dios escondido, que no se esconde para hacer más
meritorio a aquel que por fin lo encuentra, sino porque
siente vergüenza de ser Dios, o de saber que es Dios; o
tal vez Dios no pueda sino ser desconocido para sí
mismo, de otra forma lo dotaríamos de un Yo, a nuestra
imagen y semejanza. No sé si Freud, el descreído, llegó
a pensar que había hecho del inconsciente su Dios.)
Tras
este paréntesis, vuelvo a la dificultad. Si lo escrito,
siempre impersonal, altera, despacha, abole al escritor
en cuanto tal, inclusive al hombre o al sujeto que
escribe (otros dirán que lo enriquece, que le hace ser
más de lo que era, que lo crea —la noción
tradicional del autor—, o bien que no tiene otro fin
sino permitirle ejercer su entendimiento —Valéry de
nuevo—), o si la obra en su operación, por mínima
que ésta sea, es hasta tal punto destructiva que
introduce al operador en el equivalente de un suicidio,
entonces, ¿cómo podrá éste volverse (¡ay del
culpable Orfeo!) hacia aquello que piensa llevar a la
luz, apreciarlo, considerarlo, reconocerse en ello y,
finalmente, convertirse en su lector privilegiado, en su
principal comentarista o, simplemente, en el celoso
auxiliar que da o impone su propia versión, que
resuelve el enigma, desvela el secreto e interrumpe
autoritariamente (efectivamente, estamos hablando del
autor) la cadena hermenéutica, puesto que pretende ser
el intérprete suficiente, primero o último?
Noli
me legere. ¿Tiene esta
imposibilidad un valor estético, ético, ontológico?
Habría que considerarlo con más detalle. Es una
llamada cortés, una advertencia insólita, una
prohibición que siempre se ha dejado transgredir. «Tengan
a bien no...» Si la obra guarda un parangón con Eurídice,
la petición, sumamente humilde, de no volverse para
verla (o para leerla) es tan angustiosa para ella, que
sabe que la «ley» la hará desaparecer (o al menos la
iluminará hasta disolverla bajo una luz cualquiera),
como tentadora para el encantador cuyo único deseo es
asegurarse de que, efectivamente, lo que le sigue es
alguien bello, no un simulacro fútil o una nada
envuelta en palabras vanas. Incluso Mallarmé, el más
secreto y el más discreto de los poetas, da
indicaciones sobre el modo en que hay que leer Un
coup de dés. Incluso Kafka lee sus relatos a sus
hermanas, a veces al público de una conferencia; lo
cual, en realidad, no significa que los lea para sí
mismo en cuanto escritos —afirmación de la
escritura—, sino que acepta arriesgadamente el
prestarles su voz, el sustituir la leyenda (el enigma de
lo que debe ser leído) por la evidencia vital y oral de
una dicción y de una presencia que de esa forma impone
su sentido o un sentido.
Semejante
tentación es necesaria. Caer en ella es tal vez
inevitable. Recuerdo aquel relato: Madame Edwarda.
Fui seguramente uno de los primeros en leerlo y en
quedar persuadido de inmediato —la impresión me dejó
sin habla— por el carácter singular, más allá de
cualquier literatura, de tamaña obra (sólo unas pocas
páginas), que, por su propia índole, no podía sino
rechazar el comentario. Intercambié con Georges
Bataille algunas palabras emocionadas, no como cuando le
hablamos a un autor de uno de sus libros que admiramos,
sino intentando hacerle entender que semejante encuentro
le bastaba a mi vida, como el haberla escrito debía
bastar a la suya. Estábamos entonces en los peores días
de la ocupación alemana. Aquel librito —el más nimio
de los libros, publicado con un nombre prestado y
reservado a unos pocos— estaba destinado, en su
clandestinidad, a caer en la probable ruina de cada uno
de nosotros (autor, lector). Nada de huella de un
acontecimiento insigne. Ya se sabe lo que le pasó.
Quisiera,
sin embargo, sin faltar a la discreción, añadir algo más.
Tiempo después, acabada la guerra y habiendo cambiado
también la vida de Georges Bataille, se le pidió que
reeditara el libro, o por hablar con mayor precisión,
que lo publicara realmente. Me dijo un día, para mi
verdadero espanto, que deseaba escribir una continuación
de Madame Edwarda, y me pidió mi opinión. No
pude por menos que contestarle al punto, como si hubiera
recibido un golpe: «Es imposible. Se lo ruego, no lo
toque.» No se volvió a hablar de ello, al menos entre
nosotros. Queda en la memoria que Bataille no pudo
evitar redactar un prefacio que firmó, más que nada
para introducir su nombre, con el fin de asumir
(indirectamente) la responsabilidad de un escrito que aún
se consideraba escandaloso. Pero este prefacio, por
importante que fuera, no mermó en nada esta especie de
absoluto que es Madame Edwarda, como tampoco lo
hicieron los inteligentes comentarios a los que dio
lugar (especialmente el de Lucette Finas y el más
reciente de Pierre-Philippe Jandin). Todo lo que se
puede decir al respecto, todo lo que yo puedo decir, es
que, probablemente, la lectura de esta obra haya
cambiado. La admiración, la reflexión, el hecho de
ponerla en relación con otras obras, aquello que
precisamente perpetúa, por lo mismo, suprime o iguala;
en la medida en que la obra realza la literatura, la
literatura la reduce a su propia medida, cualquiera que
sea la importancia que se le conceda. Queda la desnudez
de la palabra escribir, igual a la exhibición febril de
la que fue una noche, y para siempre a partir de
entonces, «Madame Edwarda».
*
* *
La
eterna reiteración. Se me
pide —alguien en mí pide— que comunique conmigo
mismo, a modo de epígrafe de estos dos relatos ya
antiguos, tan antiguos (cerca de cincuenta años ya)
que, al margen de las dificultades anteriormente
expresadas, no me es posible saber quién los escribió,
cómo se escribieron, ni a qué exigencia desconocida
debieron responder. Recuerdo (sólo es un recuerdo, tal
vez engañoso) que yo era sorprendentemente ajeno a la
literatura que me rodeaba y que no conocía sino la
llamada literatura clásica, con la salvedad de una
apertura a Valéry, Goethe y Jean-Paul. Nada que pudiera
preparar el terreno a estos textos inocentes en los que
resonaban los presagios de muerte de los tiempos que
vendrían. «La última palabra» (1935) ha sido
comentado de manera rigurosa y que yo me guardaré de
comentar. No era un texto destinado a la publicación.
No obstante, se editó, doce años más tarde, en la
colección «L’âge d’or», que dirigía Henri
Parisot. Pero sucedió que por ser el último opúsculo
de una serie que ya no tenía medios sino para
desaparecer ni siquiera llegó a ponerse a la venta (si
mal no recuerdo). Era una manera de seguir siendo fiel a
su título. Ciertamente, empezar a escribir para llegar
al punto a término (lo que hubiera sido el encuentro
con la palabra última), significa al menos la esperanza
de no hacer carrera y de hallar el camino más corto
para terminar desde el inicio (sería deshonesto olvidar
que al mismo tiempo, o entre tanto, yo estaba
escribiendo Thomas l’Obscur, que tenía tal vez
el mismo propósito, pero que, precisamente, no acababa
nunca y, al contrario, hallaba en la búsqueda del
aniquilamiento (la ausencia) la imposibilidad de escapar
del ser (la presencia); lo cual, en realidad, ni
siquiera era una contradicción, sino la exigencia de
una perpetuidad desafortunada en el morir mismo). En
este sentido, el relato fue una tentativa de
cortocircuitar el otro libro en camino, con el fin de
superar lo interminable y de llegar, por una narración
más lineal, pese a ser de una complejidad ingrata, a
una decisión silenciosa: de ahí tal vez (no lo sé) la
convocación abrupta del lenguaje, la resolución insólita
de privarlo de su sostén, la consigna (no más
lenguaje coercitivo o afirmativo, es decir, no más
lenguaje; pero no: siempre una palabra para el decir y
no decirlo), la renuncia a ser Maestro y Juez
—renuncia en sí misma vana—, y finalmente el
Apocalipsis, descubrimiento que no descubre nada sino la
ruina universal, la cual acaba con la caída de la última
Torre (Torre probablemente de Babel) al mismo tiempo que
se precipitan afuera el propietario (el ser que siempre
se ha asegurado la definición de lo que es «propio»:
Dios, evidentemente, aunque fuera una bestia), el
narrador que ha conservado el privilegio del ego, y la
muchacha, sencilla y maravillosa, la que probablemente
lo sabe todo, con el más humilde de los saberes.
Semejante
recapitulación o memorándum —la paradoja de
semejante relato— se caracteriza por contar, como
habiendo tenido lugar, el naufragio total, del que en
consecuencia ni siquiera el propio relato se podría
preservar, resultando así imposible o absurdo, a menos
que pretenda ser profético, anunciando en pasado un
porvenir que ya es presente o, también, diciendo lo que
siempre hay cuando no hay nada: o sea, el hay que
lleva la nada e impide la aniquilación para que ésta
no escape a su interminable proceso cuyo término es
reiteración y eternidad.
Profético
también, pero para mí (hoy en día) de una manera más
inexplicable, puesto que no puedo interpretarlo sino por
acontecimientos que se produjeron y fueron conocidos sólo
mucho más tarde, de forma que este conocimiento
ulterior no esclarece, sino que quita claridad al relato
que parece haber sido llamado —¿será por antífrasis?—
«El idilio», o el tormento de la idea feliz (1936). El
tema, que reconozco de inmediato porque Camus lo hará
«familiar», es decir, todo lo contrario de lo que
significaba, años más tarde, está designado desde las
primeras palabras: «el extranjero». ¿Quién es el
extranjero? No hay aquí una definición suficiente. Él
viene de fuera. Se le recibe bien, pero de acuerdo con
unas reglas a las que no puede amoldarse y que, de
cualquier forma, lo ponen a prueba —en las puertas de
la muerte. Él mismo saca la «moraleja» que expone a
los recién llegados: «Aprenderéis en esta casa que es
duro ser extranjero. Aprenderéis también que no es fácil
dejar de serlo. Si echáis de menos vuestro país,
hallaréis aquí cada día más motivos para ello; pero
si llegáis a olvidarlo y a amar vuestra nueva situación,
os devolverán a casa, y allí os sentiréis una vez más
unos extraños y volveréis a empezar un nuevo exilio.»
El exilio no es ni psicológico ni ontológico. El
exiliado no acepta serlo, tampoco renunciar a serlo y
tampoco hacer del exilio un modo de residir. Al
inmigrado le tienta la naturalización, aunque fuera
mediante casamiento, pero sigue siendo siempre un
emigrante. Escaparse allí donde no hay salida es la
exigencia que restaura la llamada del afuera. ¿Es una
tentativa vana? La cárcel no es una cárcel. Los
guardias tienen sus debilidades, a menos que su
negligencia corresponda a la engañosa apariencia de una
libertad que sería tentación e ilusión. Por lo mismo,
la extrema cortesía, por no decir la sincera
cordialidad, de quienes, contra su voluntad, aplican la
ley, no se parece a la tranquila e inflexible «corrección»
de aquellos que, algunos años más tarde, cogieron en
la trampa de su fingida humanidad a los subyugados
voluntarios, incapaces de reconocer la barbarie
enmascarada que los dejaba vivir momentáneamente en un
orden tranquilizador.
Y,
sin embargo, resulta difícil, tiempo después, no
pensar en ello. Imposible no evocar esos trabajos de
escarnio en los campos de concentración, donde los
condenados van acarreando de un sitio a otro, y luego
vuelven a llevar a su punto de partida, montañas de
piedra, no para la gloria de alguna pirámide, sino para
la ruina del trabajo, así como de los tristes
trabajadores. Ocurrió en Auschwitz, ocurrió en el
Gulag. Lo cual tendería a demostrar que si hay peligro
de que lo imaginario llegue algún día a hacerse
realidad, es que sus propios límites son bastante
estrictos y prevé con facilidad lo peor, porque esto último
es siempre lo más simple que se repite siempre.
Pero
no creo que «El idilio» pueda interpretarse como la
lectura de un porvenir ya entonces ominoso. La historia
no detenta el sentido, así como el sentido, siempre
ambiguo, siempre plural, tampoco se deja reducir a la
realización histórica, aun cuando fuera la más trágica
y la más digna de consideración.
Y es que el relato no se traduce. El relato —tensión
de un secreto alrededor del cual él parece irse
elaborando y que se declara al punto sin aclararse—
anuncia sólo su propio movimiento, que puede dar lugar
al juego de un descifrar o de una interpretación, pero
al que a su vez él mismo sigue siendo extraño.
De ahí que me parezca, aun cuando aparentemente «El
idilio» desarrolle las posibilidades desdichadas de un
destino sin esperanza, que, como tal relato, sigue
siendo ligero, despreocupado y de una claridad que no
abruma ni oscurece la pretensión de un sentido oculto o
grave. El interrogante que podría llevar, me dicen,
puede, en relación con el título, expresarse en
diversas formas, todas ellas necesariamente ingenuas o
simplistas, por ejemplo: ¿por qué en semejante mundo,
el tema de la felicidad de los amos es tan importante y
queda finalmente siempre sin resolver? Están las
apariencias, no hay más que apariencias, y ¿cómo
fiarse de ellas? ¿Cómo invocar algo que no lo fuera?
¿O es que una sociedad que admite como naturales los
acontecimientos más desdichados puede ser al mismo
tiempo (o por lo mismo o siendo indiferente a todo esto)
en el fondo idílica? Son preguntas, pero preguntas
demasiado generales como para convocar respuestas o para
dejar de ser preguntas cualquiera que sea la respuesta
que se les dé. Puede que el relato las conlleve, pero a
condición de no interrogarlo, de no reducirlo, mediante
ellas, a un contenido, a algo que pueda expresarse de
otra manera.
Relato
en todos los sentidos desdichado. Pero precisamente, en
cuanto relato, que dice al enunciarse todo cuanto tiene
que decir, o mejor, que se anuncia como la claridad
previa y anterior a la significación grave o ambigua
que él también transcribe, el propio relato sería el
idilio, el pequeño ídolo injusto e injurioso para con
eso mismo que hace oír, feliz en el infortunio que hace
presentir y arriesgándose sin cesar a mudarlo en
atracción. Ésta sería la ley del relato, su dicha y,
por culpa de esta ley, su desdicha, pero no por cuanto
reprochara Valéry a Pascal: que una bella forma
arruinaría necesariamente el horror de toda verdad trágica
y la volvería soportable, cuando no deliciosa (la
catarsis). Sino porque, antes que cualquier distinción
entre una forma y un contenido, entre un significante y
un significado, antes incluso que la partición entre
enunciación y enunciado, está el Decir incalificable,
la gloria de una «voz narrativa» que da a oír
claramente, sin poder ser jamás oscurecida por la
opacidad o el enigma o el horror terrible de lo que se
comunica.
Por
ello mismo, a mi entender, y de otra forma que lo
decidiera Adorno, con gran razón por cierto, yo diría
que no puede haber un relato-ficción de Auschwitz
(estoy aludiendo a La decisión de Sofía). La
necesidad de testimoniar es la obligación de un
testimonio que sólo podrían dar, cada uno en su
singularidad, los imposibles testigos —testigos de lo
imposible—; algunos sobrevivieron, pero esa «sobre-vida»
no es ya la vida, es la ruptura con la afirmación
viviente, la testificación de que este bien que es la
vida (la vida no narcisista, sino para el prójimo) ha
padecido el embate decisivo que no deja nada intacto. A
partir de ahí, pudiera ser que toda narración, tal vez
toda poesía, hubieran perdido el fundamento sobre el
que se levantara un lenguaje distinto, por la extinción
de esa dicha de hablar que se espera en el más mediocre
de los silencios. El olvido, con toda seguridad, está
obrando y permite que todavía se haga obra. Pero a este
olvido, olvido de un acontecimiento en el que naufragó
toda posibilidad, responde una memoria flaca y sin
recuerdo, que lo inmemorial ronda en vano. La humanidad
ha tenido que morir en su conjunto por la prueba que
padeció en algunos (los que encarnan la vida misma,
casi la totalidad de un pueblo prometido a una presencia
perpetua). Esta muerte todavía dura. De ahí la
obligación de no morir nunca más sólo una vez, sin
que la repetición pueda hacernos habitual el fin
siempre capital.
Vuelvo
a «El idilio», relato de antes de Auschwitz, relato
sin embargo de una errancia que no termina con la muerte
y que esta muerte no podría oscurecer, puesto que se
concluye en la afirmación de «este cielo magnífico y
misterioso», extraño al extranjero, y diciendo que,
pase lo que pase, la luz de lo que se dice, aunque fuese
en las palabras más desafortunadas, no dejará de
alumbrar como esa irradiación ligera y etérea, por la
cual siempre es transfigurada la noche sombría, la
noche sin estrellas. Como si las tinieblas fueran todavía
—¿quién sabe si para dicha o desdicha nuestra?—, sí,
todavía, la iluminación del día interminable, el
resplandor del primer día.
Relato
de antes de Auschwitz. Cualquiera que sea la fecha en
que pudiera ser escrito, todo relato de ahora en
adelante será de antes de Auschwitz. La vida tal vez
continúa. Recordemos el final de La metamorfosis:
apenas muere Gregorio Samsa sumido en la aflicción y la
soledad, cuando todo renace y ya su hermana, a pesar de
ser la que más lo compadece, se entrega a la esperanza
de renovación que le anuncia su joven cuerpo. Kafka
pensaba que también él proyectaba una sombra sobre el
sol y que, una vez desaparecido, los suyos serían más
felices. Murió, pues, ¿y qué ocurrió? No habrá que
esperar mucho; casi todos aquéllos a los que amaba
encontraron la muerte en esos campos que, por más que
se llamen de formas distintas, llevan todos el mismo
nombre: Auschwitz.
Ésta
es la perspectiva (no-perspectiva) en la que no puedo
esperar que se lean «El idilio» o «La última palabra».
Y sin embargo, incluso sobre la muerte sin frases, queda
mucho por meditar, tal vez indefinidamente, tal vez
hasta el final. «Una voz viene de la otra orilla. Una
voz interrumpe el decir de lo ya dicho» (Emmanuel
Levinas).
Maurice Blanchot
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