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CONVERSACIÓN
CON JEAN BOLLACK
Por
Patrick Llored y Arnau Pons
[...]
Arnau
Pons: Usted se opone al pluralismo del sentido
y afirma a la vez que Celan nunca dejó de reivindicar
la polisemia como un derecho, pero que ésta no
cuestiona el sentido establecido. ¿Cómo integrar en el
sentido que ya se ha establecido (hablo del concepto
bollackiano) lo que otros pueden aportar después? ¿Es
su concepto de sentido algo que cierra o algo que abre?
Jean
Bollack:
Cuanto más fijado está un sentido por medio de una
configuración particular del lenguaje –y tributaria,
por tanto, de un trabajo de desciframiento–, más se
cierra éste, en efecto, sobre sí mismo y se distingue
de cualquier otro enunciado posible. También se abre,
aunque sobre una visión de las cosas que es nueva en
cada poema, sobre un «mundo» que se constituye y va
tomando forma. Sería como una especie de apertura
interna. Evidentemente existe el carácter progresivo de
los descubrimientos que se van haciendo, a menudo entre
unos cuantos, e incluso gracias a otros, y, por otro
lado, la experiencia de lo inacabado de una lectura.
Esto hace que una actualización de sentido, extraído
de las palabras, se escurra de nuevo, y debe ser algo así
como reconquistada. No obstante, puede serlo en el marco
de una temporalidad específica –como fuera del
tiempo. Es cierto que algo se ha detenido, y esto no se
redistribuye; se trata de un punto crucial.
Arnau
Pons: ¿Dónde
situaría usted «el apretón de manos» en el sentido
celaniano de la expresión, acuñada por el poeta para
definir el poema?
Jean
Bollack:
Esta expresión aparece en una carta a Hans Bender, de
1960. En ella, las «manos» son puestas en relación
–como sucede en todas las partes de la obra de
Celan– con el arte y más precisamente con la
escritura. Las manos poseen la técnica de la ejecución,
y además dicen lo verdadero. Una cosa deriva de la
otra. Ahora bien, esta verdad no es otra que la adecuación
al suceso histórico. Debemos, pues, deducir que el
apretón de manos, la «presión» en la mano del otro,
supone el reconocimiento, por su parte, de la misma
verdad. De manera comparable, la botella lanzada al mar,
a menudo tan invocada contra su propio sentido, no
entrega el poema a la fortuna de una lectura nueva,
todavía por conocer, según la concepción de Benjamin,
sino a la posibilidad de una aprehensión
excepcionalmente justa del sentido que, a sabiendas, ha
sido efectivamente depositado en el texto.
Arnau
Pons: Su
encuentro directo con la poesía de Celan le ha
permitido a usted traspasar el ámbito de los autores
griegos para así poder aplicar lo que ha escrito
–pongamos por caso, sobre Heráclito o Empédocles–
al terreno cultural y filosófico del siglo XX. Usted
mismo señala, como algo propio al autor, la capacidad
de reflexión y de exterioridad, de manera que existe
una clara conexión entre la crítica que usted
evidencia en los artistas y pensadores griegos a la
violencia de los dioses y de su sociedad –una crítica,
pues, a su propia tradición–, y, por otro lado, la crítica
a la tradición poética alemana hecha por Celan. ¿No
puede, sin embargo, este hilo conductor servir de
pretexto a sus detractores para decir que usted encontró
un modelo aplicable a cualquiera de los poetas que le
interesen, en cierta manera repetitivo y fácilmente
desplazable, o bien de haberse interesado por la obra de
Celan precisamente porque permite, en tanto que crítica
radical, dicha transposición?
Jean
Bollack:
Todo lo presupuesto en los conocimientos lingüísticos
e históricos no me ha impedido leer los textos clásicos
como producciones literarias, escritas por autores y,
por tanto –para mí, de todos modos–, contemporáneos
y presentes, a pesar de las distancias tomadas por lo
que concierne al «humanismo». La orientación escogida
reposa sobre el interés que pronto despertaron en mí,
en la escuela, las literaturas modernas y de vanguardia,
sobre todo francesa y alemana; eso explica mis
relaciones personales con poetas. Existe sin duda una
sola hermenéutica literaria, una manera de leer que
concierne a todos los textos o a la textualidad en sí,
más allá de todas las diferencias tan evidentes. Una
forma de pasión prevalece por encima de la división de
dominios. He escrito sobre otros autores modernos,
aparte de Celan, tal como muestra a su vez la comprensión
que tengo de las lecturas que él hizo. De un modo
general, mi voluntad de dar a conocer los resultados de
las ciencias filológicas, fuera de los círculos de
especialistas, se encuentra en el centro de todas mis
actividades. Deberíamos tener el tiempo suficiente de
escribir para dos públicos. El caso de Celan es sin
embargo particular. He dicho muchas veces que la sensación
de no haber estado preparado para leerlo realmente
mientras vivía es algo que me ha pesado profundamente.
Me lo prohibía también mi propio trabajo. Y no fue
hasta mucho más tarde –una decena de años después
de su muerte– que le he dedicado el tiempo y la atención
que se merecía, tanto como a Empédocles o a otro
autor. He aprendido el «celaniano». Es innegable que
no habría podido hacerlo de no sentir una gran
proximidad con él en el cuestionamiento de las
tradiciones. La afinidad es grande. Pero él es él, y
yo soy yo; la separación es la condición del éxito.
- Arnau
Pons: No
puedo ocultar mi preocupación ante determinados
modos de crítica destructores de su propio objeto.
- Su
trabajo pone en evidencia de un modo ejemplar la crítica
del poeta a determinados modos de violencia
contemplados por la tradición y profundamente
arraigados en ella. ¿Existe para usted una
violencia dentro del mismo lenguaje crítico?
Jean
Bollack:
El método crítico que preconizo reposa sobre el análisis
del punto de vista que yo mismo adopto. Es primordial.
Esto conduce naturalmente a tener que definir
conjuntamente los prejuicios inherentes a los diferentes
modos de apropiación, y muestra la violencia con la que
muchos contemplan y desnaturalizan (muy a menudo por
incompetencia) los objetos artísticos y culturales, sin
preocuparse por su condición. La lucha contra los
intereses o las costumbres es tan difícil que incluso
el combate casi está perdido de antemano. En principio,
el crítico, a diferencia del poeta, puede no dejarse
desvirtuar; sin embargo, el análisis de los motivos de
un consenso –del que se demuestra que es contrario a
la verdad– siempre será tomado como una agresión. En
el caso que nos ocupa, hay que añadir que uno se ve
obligado a defender a posteriori –y en la distancia
del tiempo– una posición solitaria y despiadada, que
las teorías y prácticas críticas tradicionales o
postmodernas no estaban dispuestas a reconocer. La
violencia se encuentra en la inadaptación de los medios
de aproximación escogidos; es producto de la
ausencia de una expectativa crítica. Como que en el
caso de Celan conocí bien al autor, oigo el acento de
su voz, y tal vez veo algo mejor que otros lo que lo
mantenía separado. Hace falta, eso sí, que consiga
poner la diferencia en evidencia.
Patrick
Llored: Puedo
decir de usted que es filólogo, pero a la vez ha
criticado tanto el conformismo intelectual de esta
disciplina canónica que esta designación puede
prestarse a confusión. Del mismo modo, puedo decir que
es filósofo, pero también ha discutido casi todos los
sistemas filosóficos contemporáneos de lectura de los
textos. Si acepta, pues, mi punto de vista según el
cual ambos términos no le son propios para dar cuenta
de su trabajo de investigación, ¿qué definición,
tanto de usted mismo como de su trabajo de lector, es la
más indicada para que su proyecto intelectual sea
comprendido?
Jean
Bollack:
Acepto una parte de su punto de vista. En efecto, no soy
filósofo en el sentido técnico del término: no
intento explicar La Crítica de la razón pura de
Kant. Si he criticado los sistemas filosóficos
contemporáneos, es en la medida en que bloquean la
comprensión de los textos: es el caso, sobre todo, de
la hermenéutica filosófica (Heidegger, Ricœur y
Gadamer, por ejemplo). La misma comprensión del sentido
es cuestionada por esta última. Mi crítica no afecta
directamente a los sistemas filosóficos, sino a la
concepción del sentido que cada uno de ellos defiende,
es decir, la idea de un sentido previo a su construcción
y anterior a su significación como acto. La hermenéutica
filosófica no hace depender el sentido de esta
intervención. Para mí, el sentido es algo que el autor
construye en su texto a partir de sentidos preexistentes
que a veces critica, por tanto no se puede asimilar a un
sentido ya existente: se tiene que descifrar. La operación
de la significación produce el sentido. Mi crítica no
apunta, pues, directamente, a los sistemas filosóficos,
sino más bien a su pretensión de determinar los
contenidos: bloquean la lectura debido a su misma
concepción del sentido. Me reivindico, pues, como filólogo,
pero a condición de que se incluyan los supuestos y los
resultados filosóficos. No existe filología que no sea
hermenéutica.
Patrick
Llored: Uno
de los obstáculos que tal vez impide rendir cuentas de
su trabajo en su radicalidad teórica se debe a que los
términos que yo mismo podría utilizar para explicarlo
están ya todos connotados en un sentido muy
determinado: el mismo concepto de hermenéutica, por
ejemplo. En efecto, existe un sentido esencialmente
filosófico, y más explícitamente ontológico, que
pertenecería a la propiedad intelectual de aquellos filósofos
que han definido el terreno hermenéutico (Heidegger,
Gadamer y Ricœur, principalmente): más allá del hecho
de que su hermenéutica no es filosófica, ¿a qué
apunta precisamente su lectura de las obras?
- Jean
Bollack:
El filósofo Heinz Wismann piensa que la hermenéutica
filosófica es descriptiva. Yo diría que la mía es
heurística, ya que va tras la búsqueda del
sentido. En nuestros días, la palabra «hermenéutica»
es comprendida mayoritariamente como de naturaleza
heideggeriana con la Daseinanalyse. Los
lectores deben saber que en Alemania la izquierda
intelectual, marxista y no marxista, llama hermenéutica
a aquella interpretación de los textos que se vale
de Heidegger. Puede resultar bastante difícil, en
el contexto intelectual en el que nos encontramos
hoy, comprender lo que puede ser una hermenéutica
filológica o crítica como la mía. Es muy
interesante ver el importantísimo papel de
Heidegger en el catolicismo. Sin Heidegger, pienso
que no habría teología católica. Aun cuando esta
religión se apoye sobre una filosofía que confiesa
su ateísmo... Como ya he dicho, mi trabajo difiere
profundamente de Gadamer, y una de las oposiciones
importantes reposa sobre lo biográfico. Para él,
una relación con la vida personal del autor siempre
está superada por el sentido; de ahí que Gadamer
considere la vida personal como algo anecdótico y
secundario, mientras que para mí la vida del sujeto
que escribe es central para comprender su obra.
- Mi
hermenéutica no sólo conduce al análisis de la
gramática y de la sintaxis, sino también al análisis
de la construcción del sentido propiamente dicho.
Hay que apuntar al estudio riguroso de la construcción
del sentido, es decir, de todos los elementos que
conducen a ella: aquí yo hablaría, para
caracterizar esta invención, de artificio, dándole
a ese término un valor muy positivo. Hay que saber
establecer la letra del texto; este paso supone ya
la búsqueda del sentido. Si el sentido no es
buscado por el lector, éste no podrá establecer la
letra. Es cierto que esta dimensión no interviene
directamente en el caso de Celan, ya que es un autor
moderno; pero en la tradición filológica nos
encontramos con una «lección» transmitida durante
siglos de lectura. Los filólogos ingleses, mis
principales adversarios, leen los textos antiguos
bajo la idea de que son falsos, es decir, de que han
sido deformados, debido a que han sido mal
transmitidos: en realidad, auscultan las obras en el
sentido de la norma. Yo lo hago en el sentido de «lo
que se aparta», es decir, de la particularidad, de
la diferencia; en una palabra: de la especificidad
radical; en la idea, pues, de una construcción autónoma
del sentido, teniendo en cuenta que éste puede
haber sido recubierto por las tradiciones retóricas
y por expectativas de todo tipo. Son precisamente
estas expectativas lo que interesa a Gadamer.
Durante un coloquio en Heidelberg, le dije que la «rosa»
de Celan tampoco crecía en ningún jardín. Pienso
que no entendió lo que le quería decir: que la
palabra «rosa» es una convención inventada por
Celan.
- Apuesto
por la idea de que el sentido que estoy descifrando
es siempre algo no-conocido, y mi lectura está
guiada por la búsqueda de lo no-conocido. La
identificación de la particularidad y el
reconocimiento de la diferencia de sentido orientan
mi mirada. El término francés «écart» es
realmente para mí un término clave (el cual
implica un «apartamiento», por tanto una separación,
una diferencia, pero también un «descarte»,
cuando se trata de descartar algo que no es válido,
un supuesto). En cuanto al término «hermenéutica»,
tal como se lo utiliza hoy, significa que se puede
relacionar lo que un texto dice con formas de
percepción y de consciencia ya definidas y
preexistentes: la obra sólo nos lleva a captarlas.
Mientras que para mí sólo prevalece lo «desconocido».
Es evidente que debo tener una idea de lo que estoy
tratando en el texto, pero rechazo identificar esto
con lo que ya se sabe o lo que ya se conoce de este
mismo texto, debo descartarlo; mientras que en la
hermenéutica gadameriana lo hermenéutico es
siempre conocido de antemano, por lo que el texto
puede ser relacionado con el recuerdo, la angustia,
etc. Dicho esto, cabe añadir que en el libro de
Gadamer, Verdad y método, se pueden
encontrar algunos elementos utilizables: ¡hay que
saber leer este libro! Aunque para leer a Celan es
totalmente impracticable. Incluso diría que es
completamente falso.
Patrick
Llored: Su
itinerario de lectura de las obras, que se extiende a más
de cincuenta años, lo ha llevado de los presocráticos
(Empédocles, Heráclito, Parménides...) a los trágicos
(Esquilo, Sófocles y Eurípides), y después incluso
hasta autores modernos como Celan y Saint-John Perse.
Este paso de la antigüedad a la modernidad va acompañado
de una atracción cada vez más grande, de su parte, por
la actualidad, entendida en el sentido más amplio del término.
¿Podría explicar de qué manera tiene usted en cuenta,
en sus trabajos, esta apertura hacia nuestra actualidad
intelectual y cultural?
Jean
Bollack: A
partir de un momento determinado, me planteé actualizar
la naturaleza de mi interés por los textos. Existen
diferentes formas de actualización de los autores
antiguos y modernos. Mi reflexión me llevó a
interrogarme sobre el modo en que se utilizan las obras
en nuestra cultura, pero también me condujo a instaurar
unos diálogos, en relación a los textos, entre el
mundo del teatro, el mundo del psicoanálisis, el mundo
de la poesía y yo mismo. He aquí por qué, en un
determinado momento de mi itinerario, precisamente en
1980, decidí hacer con Celan lo que había hecho con Sófocles,
entregándome a su obra con la misma intensidad. Y empecé
a aprender a leerlo. Es un auténtico aprendizaje. Por
tanto, he aprendido el «celaniano», de la misma manera
que otros pueden aprender a leer el sumerio o el asirio.
Aunque debo reconocer que se trata de un aprendizaje muy
progresivo, ya que cada día leía un poema con el fin
de comprenderlo. Al cabo de algunos días, volvía sobre
este mismo poema hasta que encontraba el sentido de
manera casi natural. El tipo de concentración que exige
el desciframiento de un poema no es deducible, como
ocurre en filosofía: supone un esfuerzo de concentración
que va ligado al tiempo en que uno lee. Pero hay que
penetrar en otro tipo de temporalidad totalmente
diferente cuando se lee. Lo que Celan llama «tiempo» («die
Zeit») es el tiempo en el que él escribe. En uno de
sus poemas leemos: «Es tiempo de que el tiempo vuelva».
El tiempo, aquí, es el espacio propio al lenguaje de la
poesía y en el cual este lenguaje se puede anclar,
situar y fijar. Esta temporalidad forma parte de la
hermenéutica, es decir, se debe entrar en ella con el
fin de llegar a una forma de concentración que está
muy próxima a una meditación. Virtualmente, si uno lee
infinitamente los poemas, uno acaba por comprender lo
que ha sido inscrito en ellos. Es un proceso espiral e
interno. En los primeros poemas de Celan, ya se ve cómo
esta temporalidad toma forma y se anuncia. Sin embargo,
existe otra forma fundamental de temporalidad que es
aquella en la que yo leo. En Poésie contre poésie,
reflexiono sobre mi posición de lector y sobre mi
propia temporalidad particular, porque a partir de un
cierto momento ya no me puedo identificar con el autor.
De todos modos, la poesía, a diferencia de la pintura y
de la música, conserva en ella su temporalidad primera:
esta conservación va ligada a la misma naturaleza de la
escritura, es decir, de lo escrito (por ese
motivo mi libro sobre la poética de Celan se llama L’Écrit).
Creo que esta dimensión no existe ni en pintura ni en
ningún otro arte. Lo escrito puramente escrito es algo
escrito, sino yo no podría descifrar, como ya he hecho,
un autor antiguo como Sófocles. La poesía se resiste a
ser borrada por el tiempo, ya que la letra, que tiene su
propia temporalidad, lucha contra ese desgaste, contra
esa desaparición. Cuando Celan dice que el poema no es
intemporal, primero quiere decir que es histórico, ya
que hace referencia a los acontecimientos, pero también
quiere decir que tiene su temporalidad singular, por
histórica que sea. La lectura debe tener en cuenta,
pues, esta dimensión central.
Patrick
Llored: Me
parece cada vez más explícito que su empresa de
descriframiento de la letra de los textos antiguos y
modernos deja cada vez más espacio, en sus trabajos más
recientes, a una interrogación que no sólo recae sobre
su sentido, sino más bien sobre su significación en el
momento histórico de su producción. Este paso, que va
desde el estudio del sentido construido por cada texto
en su propia historicidad hasta el análisis de las
intenciones de significación cultural y política que
persigue cada obra, ¿supone un nuevo avance, incluso un
nuevo reto que se ha propuesto usted mismo? ¿Conlleva
este paso del sentido a la significación de los textos
una ampliación importante de su comprensión de las
obras?
- Jean
Bollack:
Su pregunta recae sobre el sentido del sentido. Esta
distinción entre sentido y significación es al
mismo tiempo importante y artificial. Si nos
interesamos por la restitución literal del sentido
en contra de aquellos sentidos que lo han cubierto y
que se han depositado sobre la significación
original en el transcurso de los siglos, como hago
con los autores antiguos (en el campo de la
literatura y de la filosofía), entonces les damos a
los textos la libertad de expresarse, ya que vuelven
a encontrar, pues, la libertad de un primer
movimiento. Al hacer esto, ya estamos en ese
movimiento que, para distinguirlo del sentido, yo
llamo significación; ésta sobrepasa evidentemente
la mera exactitud literal. Se trata de un movimiento
que conduce más lejos, y que es la razón de ser
del texto. O sea, que en el desciframiento existe
algo más que el desciframiento, lo cual, como digo,
constituye la razón profunda de ser de la primera
formulación, y que sobrepasa tanto la literalidad
como la textualidad. Es en este momento que la
significación reencontrada por el intérprete puede
abrirse a maneras de pensar o a objetivos culturales
relevantes. Es decir, que la búsqueda del sentido
es algo más que la búsqueda del sentido, ya que su
misma necesidad sale así a la luz.
- Sin
embargo, en este paso del sentido a la significación
hay otro aspecto: lo que el texto quiere decir ad
nos, lo que nos dice, hoy, a nosotros; y esto,
en razón de la distancia temporal que nos separa de
él. Es decir: una vez el sentido real ha sido
establecido con toda su fuerza, ¿qué significa
para nosotros, dada su naturaleza transhistórica?
Siempre existe, pues, para mí una finalidad en el
desciframiento del sentido literal, una finalidad
que lo trasciende y que se corresponde con el interés
que tenemos por los textos, como lectores, hic et
nunc.
- Los
diferentes sentidos, que recubren el verdadero
sentido, responden siempre a intereses y a
representaciones establecidas. Si uno sabe superar
esto, debe preguntarse qué significa el texto, y
después qué me significa a mí ahora: establezco
un diálogo, el único diálogo justo, entre la obra
y yo mismo, que recae sobre la actualidad de la
escritura y la actualidad de mi lectura. Esta relación
no es sólo una identificación con lo que leo. Es
cierto que se establece una identificación, pero
tomo una distancia para interrogarme sobre lo que el
texto significa. Entonces estamos en el terreno de
la significación y no ya en el del sentido. De ahí
mi oposición con Benjamin para quien toda lectura
es fértil, mientras que para mí sólo es fértil
cuando ha sido anulada. No es el texto que actúa
para producir una nueva lectura, sino al contrario;
yo anulo esta intención «fecunda» pregonada por
Benjamin y seguida por muchos lectores contemporáneos.
Patrick
Llored: Su
trabajo de desciframiento va acompañado también por el
análisis de su dimensión crítica, negada a menudo por
el conjunto de discursos que rodean a las obras y que
pretenden comprenderlas. Pero más allá de la dimensión
crítica de su hermenéutica, parece cada vez más claro
que el desciframiento del sentido tiene como intención
sacar a la luz una orientación crítica de las obras,
la cual cuestiona las expectativas escolares, sociales y
culturales de la lectura. Dicho de otro modo, aquel que
se dedica a poner en evidencia la fuerza iconoclasta de
los textos, ¿acaso no se condena a una forma de soledad
intelectual?
- Jean
Bollack:
Mi experiencia más frecuente como lector que
intenta liberar a los textos de su sumisión a
tradiciones interpretativas falsas, y, por tanto,
que intenta revelar también su voluntad de ruptura
crítica, es inseparable de los obstáculos que han
sido puestos en mi camino con el fin de neutralizar
mi comprensión herética de las obras: esta
comprensión no admitida y rechazada con frecuencia
me hizo topar con mecanismos de censura y con
prohibiciones escolares y religiosas muy poderosas.
Todo este dominio de las falsas interpretaciones se
explica por el peso de unas tradiciones que son más
«fuertes» que uno mismo y que la lectura que uno
hace: hay ideas que uno no puede sostener ante unas
lecturas dominantes. Esto se dio y se da todavía en
filología, pero no solamente en ella. La filología
estuvo fuertemente ligada, en muchos países, a
instituciones escolares y, por tanto, a tradiciones
de lenguaje que se interpusieron entre los lectores
y los textos: el sentido fue muy a menudo
recubierto. Ante estas situaciones de bloqueo que
cuestionaban mis posiciones científicas, opté por
comprender las razones por las cuales se defiende lo
que se dice. Intenté objetivar mis propias
interpretaciones confrontándolas con las de los demás
y reflexionando sobre los motivos del rechazo, es
decir, sobre los motivos que sostenían lo falso, así
como sobre sus lógicas culturales. En este preciso
momento me encontré con el sociólogo Pierre
Bourdieu, ahora hace treinta años. Mis trabajos de
historia social del conocimiento le interesaban
especialmente, dado que constituían un análisis
muy elocuente de los sistemas escolares y de lo que
se había inculcado. Tuve que hacer una historia
social de la filología para aproximarme a la
historia y a la sociología de la educación.
Entonces comprendí que era necesario realizar una
crítica de las instituciones y una crítica de la
producción del sentido. A propósito de Celan,
intenté comprender las orientaciones estéticas e
ideológicas que han orientado la selección de las
diversas interpretaciones. Para cada poema que había
sido explicado, intentaba clasificar las diferentes
lecturas existentes según su intención y su punto
de vista propio. Es una confrontación entre mi
lectura y todos los sentidos encontrados, contra los
cuales intento imponer mi propio punto de vista de
un modo objetivo y mediante una discusión abierta.
He chocado con mucha gente. En el caso de Celan como
en el de los autores antiguos, a veces te encuentras
solo: ¡solo contra todo el mundo! Yo me he liberado
a mí mismo analizando, pues, las razones de las
interpretaciones, y he podido dar cuentas de cómo
la gente no explicita los motivos de sus lecturas.
Yo mismo me obligo a hacerlo, es decir, doy mis
razones poniendo las cartas sobre la mesa. Es un
punto muy importante para mí y para poder
comprender lo que hago. He aquí por qué no combato
directamente a Gadamer o a Weinrich, sino que más
bien intento comprender lo que dicen y, sobre todo,
por qué lo dicen. Una vez provisto de esa mirada crítica,
uno se da cuenta bastante rápido de que la
interpretación verdadera puede ser bloqueada por la
lingüística, por Heidegger, por el judaísmo, el
protestantismo, el catolicismo, el marxismo, etc.
- Hay
que saber que el principio dialógico es lo más
falso en la interpretación de Celan, ya que en su
poesía el otro está dentro de la misma obra y
nunca fuera de ella, mientras que para Levinas y
Buber el otro es siempre el Otro. Pero en Celan
nunca. El otro es él mismo. De ahí que yo insista
tanto sobre el «tú», ya que el «yo» y el «tú»
están en diálogo permanente en su poesía: «¿Pero
qué dices tú, Celan? ¿Acaso te tomas por Hölderlin?
¿Tú, pobre judío, ahora te vas a tomar por Hölderlin?
¿Pero por quién te tomas?» Esto es lo que se
pregunta Celan en sus poemas. Se trata, pues, de la
exclusión de todo principio dialógico tal como se
lo encuentra expuesto en Levinas y en Buber. Celan
ha acabado con Buber de una cierta manera.
Patrick
Llored: ¿Cuáles
fueron sus relaciones con Celan? ¿No fueron éstas más
complejas aún porque eran a la vez amistosas, pero
también conflictivas, en el sentido intelectual del término?
- Jean
Bollack:
Tuve muchas charlas con Celan e hice muchas cosas
con él; éramos amigos. No participé en el caso
Goll; me habría roto la cara si me hubiera metido
en todo aquello. Me quise preservar un poco. Celan
venía a mi casa por la mañana con la prensa en la
mano para enseñarme todo lo que se publicaba sobre
el tema. En realidad, no encontré a Celan en el
momento en que él hubiera querido que lo
encontrara. Me he encontrado verdaderamente con él
cuando me he ocupado de su obra después de su
muerte. Confieso que mi situación es difícil,
porque se da el caso de que lo he conocido, pero
también de que no lo conocí en el momento en que
lo conocí. Me encontré con él más tarde, cuando
decidí dedicarle una parte de mi vida, mi energía
y mi inteligencia con el fin de descifrar su obra:
han sido dos encuentros diferentes. Debo vivir con
esta dualidad. A menudo me digo que podría haberle
pedido algunas explicaciones. Él sólo empezó a
hablarme de su poesía a partir de los años 63 y
64. Me la hacía leer, ¡y luego me preguntaba si
era algo «bueno»! Yo siempre le respondía que no
le podía decir si era bueno o no. Pero ahora
comprendo bien lo que buscaba al someterme a la
lectura de sus poemas: me quería provocar. Me he
tenido que enfrentar a la vez a la dificultad de los
contactos reales y cotidianos, por un lado, y a la
dificultad del desciframiento, por el otro. Pero
creo que también lo ayudé al darle la ocasión de
que me atacara. En el fondo, él tenía razón: yo
no quería «ver» su poesía porque no quería
entrar en su locura. Sus periodos de hospitalización,
como ya he dicho, lo convertían paradójicamente en
alguien muy lúcido, como un sabio. Y a su vez
movilizaba todas sus energías contra la psiquiatría.
- Con
todo esto, he intentado exponeros, pues, mis avances
en materia de comprensión de su poesía, pero también
mis dificultades personales con él, que no fueron
menos grandes que las dificultades que conlleva el
estudio de su obra.
-
- Jean Bollack
- (Lyon, enero de
2001)
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