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ROBERT ANTELME

La especie humana

 

 


 

TESTIMONIO

 

Edgar Morin

 

Robert Antelme, Marguerite Duras y Dionys Mascolo habían entrado juntos en la Resistencia, en el movimiento que dirigía François Miterrand. Ese movimiento se fundió con otros dos movimientos creados en los campos de prisioneros. Conocí entonces a Dionys Macolo, pero sólo tras su arresto, en 1944, descubrí a Robert Antelme, en las evocaciones y en la preocupación permanente de Doinys Mascolo y de Marguerite Duras. Ésta había facilitado el encuentro de aquellos dos hombres que inmediatamente se habían amado con un amor fraterno. Lo que en primer lugar conocí de Robert Antelme fue el amor que suscitaba, y más tarde vi que una de sus gracias era suscitar el amor de sus amigos. Ha sido este amor de amistad, el más grande que yo haya vivido, el que he sentido por Robert y por Dionys.

Detenido en junio de 1944, Robert Antelme fue enviado a Buchenwald y después a un comando de trabajos forzados en Gandersheim. La especie humana nos dice la experiencia de Antelme y de sus compañeros hasta su éxodo bajo la conducción de SS rabiosos que huían de los ejércitos aliados, la llegada al campo de Dachau y finalmente la liberación. Como tantos liberados al cabo de sus fuerzas, Antelme estaba condenado a la muerte, desde el momento en que los americanos liberados habían puesto en cuarentena el campo por tifus.

François Miterrand, entonces ministro de prisioneros y deportados, al visitir ese moridero, paso por en medio de cuerpos arriados, y escuchó el débil «François» de Antelme. De vuelta a París, avisó a Marguerite Duras. Inmediatamente Mascolo y Beauchamp organizaron una expedición de salvamento. Provistos de pases que les había proporcionado el ministro, utilizando un viejo Citroën, medio disfrazados de oficiales, llegaron en las «dantescas» condiciones del año cero de Alemania al campo de Dachau, encontraron a Robert Antelme, lo recubrieron con un capote de oficial y, sosteniéndolo cada uno por los brazos vista su extrema debilidad, consiguieron su evasión.

Robert Antelme era por naturaleza grande y fuerte y pesaba casi 90 kilos. A la salida del campo pesaba 35 kilos. Fue transportado muy cuidadosamente hasta París, no estando sostenido su corazón por ningún músculo. Sus dos amigos le subieron hasta su apartamento de la calle Saint-Benoît, donde los médicos no le dieron apenas esperanzas. Pero la obstinación de Marguerite Duras le permitió encontrar un médico que había vivido en la India y que conocía las carencias del hambre, desconocidas hasta entonces en el Occidente moderno, y después de días de incertidumbre Robert Antelme se salvó. Recupero al cabo de un tiempo su peso anterior, y se se maravillaba de ello junto a un amigo. Éste respondió con una palabra que para él lo explicaba todo, pero que para nosotros espesaba el misterio:«Es su metabolismo.»

La especie humana tiene un carácter único, inaudito. Es una obra maestra de literatura desembarazada de toda literatura, es un documento donde las palabras dicen toda la riqueza de la experiencia vivida. Es una obra cuya pura sencillez procede del sentimiento profundo de la complejidad humana, puesto que Antelme no ha perdido nunca la conciencia de que el verdugo que quiere retirarle  a su víctima la cualidad de hombre es él mismo un ser humano. Es una obra sin odio, de infinita compasión, como sólo la sienten los grandes rusos.

La experiencia de la deportación reveló la verdadera y profunda naturaleza de Antelme, lo que no habría podido hacer una vida corriente de intelectual parisino. Aquel gigante con el rostro de una dulzura desarmante, con la sonrisa de una comprensión infinita, se había convertido, para muchos de nosotros, en un principe Michskin, dotado, además, de una sensualidad enorme y suave. No sólo era benevolente y bueno, sino que sentía horror por el desprecio, «esa plaga del mundo», como decía. Por eso es por lo que fue uno de los primeros fundadores del comité contra la guerra de África del Norte en 1954, sufrió siempre por cualquier humillación sentida por otro y sintió siempre como hermanos a las víctimas de la exclusión. Después de La especie humana había deseado por un tiempo escribir una novela. Habría sido escritor si hubiera sentido que que todo era secundario después del libro de la experiencia suprema. Su respeto común por las palabras, por la escritura, por la vida, le impidió expresarse, a no ser a través de ciertos textos breves centrados todos ellos en lo esencial. Pero lo que no confió a lo escrito, se lo dio al habla, durante los años 1947-1950, aquellos días pasados en conversaciones, paseos, cafés, y aquellas cenas, aquellas tardes de fiesta, donde nos contradecíamos unos a otros acerca dekl mundo, de la vida, los libros, el comunismo, como si fuéramos cachorros que se aman jugando a batirse.

El comunismo fue la breve esperanza antes del desengaño. No se trataba, para Robert Antelme, ni de entrar en el mundo de las vanidaddes y de las honorabilidades, ni de huir al desierto. Vivió de su trabajo en la Enciclopedia de la Pléiade, con Monique, su segura compañera y amante a quien se había vinculado en 1948. Vivió retirado del mundo, pero continuó sufriendo por todos los males del mundo, viviendo todos los impulsos de la fraternidad, riendo en todas las ocasiones de alegría. Un accidente cerebral lo inmovilizó en 1983. Murió el viernes 26 de octubre de 1990.

Mala intención, arrogancia, mediocridad acuden siempre en tropel al mundo. Pero Antelme nos ha demostrado que se puede cumplir con bondad, modestia y nobleza el oficio de vivir.

                                                                                               Edgar Morin

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