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La Ciencia hegeliana que rememora e integra la
historia del discurso filosófico y teológico,
podría ser resumida como sigue:
De Tales a nuestros días,
alcanzando el límite extremo del pensamiento,
los filósofos han discutido acerca de la cuestión
de saber si este pensamiento debe establecerse
en Tres o en Dos, o alcanzar el Uno, o todo lo más
tender hacia el Uno, evolucionando, de hecho,
dentro de la Díada.
La respuesta que dio Hegel se
reduce a esto:
El hombre algún día
alcanzará el Uno, el día en que cesará de
existir, es decir, el día en que el Ser ya no
será revelado por la Palabra, en que Dios,
privado del Logos, regresará a la esfera opaca
y muda del paganismo radical de Parménides.
Pero entretanto el hombre
vivirá en calidad de ser hablante del Ser y no
podrá nunca sobrepasar la Trinidad irreductible
que él mismo es y que es Espíritu.
En cuanto al Dos, es el Espíritu
maligno de la perpetua tentación de la renuncia
discursiva al saber, es decir, al discurso que
por necesidad se cierra sobre sí mismo para
mantenerse en la verdad.
¿Qué se puede responder a
ello? ¿Que el Hegelianismo y el Cristianismo
son, en su base, las dos formas irreductibles de
la fe, de las cuales una es la fe paulina en la
resurrección y otra la fe prosaica que se llama
buen sentido?
¿Que el Hegelianismo es una
herejía «gnóstica» que, por ser trinitaria,
le atribuye la primacía al Espíritu Santo?
Sea como fuere, las páginas
que van a seguir se sitúan más allá del
discurso circular hegeliano.
Queda por saber si ellas
contienen un discurso (que tendría en ese caso
valor de refutación) o si se encuentra en ellas
un forma verbal del Silencio contemplativo.
Ahora bien, si sólo hay una manera posible de
decir la Verdad, hay innumerables maneras de
callar(se)la.