TEXTO

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EDMOND JABÈS

El libro de los márgenes II
Bajo la doble dependencia de lo dicho

 

 


 

FRAGMENTO DE UNA CONFERENCIA
(pronunciada en París, el 21 de abril de 1982 en el curso de una jornada organizada por la Fundación de Judaísmo Francés)

 

Edmond Jabès

 


                                               Se viola un libro para leerlo, pero lo ofrecemos cerrado.


…Si, desde siempre, he estado íntimamente ligado a la lengua francesa, el lugar que tengo conciencia de ocupar en la literatura de nuestro país no es, hablando con propiedad, ninguno. Más que del lugar de un escritor se trata del lugar de un libro que no entra en ninguna categoría. Lugar, por tanto, delimitado por el libro y, al punto, reivindicado por el libro que lo sigue. Lugar de lo escrito que lo escrito deja vacante, como si cada página de un libro sólo se dejara ocupar para permitir el acceso a la página siguiente; como si el libro se hiciera y deshiciera en un espacio hecho suyo, que se vuelve, una vez lleno de palabras, el espacio del libro.
Y esto mismo sucede de igual manera dentro del amplio movimiento que ha llevado a mis obras a su término ilusorio.
El centro no existe. El centro es el punto que engendra el punto en torno al cual una palabra excéntrica se instaura, una pregunta toma forma. Es el punto del no-retorno.
Esta, de alguna manera, ausencia de lugar, yo mismo la reivindico. Viene a confirmar que el libro es mi único lugar, a la vez primero y último. Lugar de un no-lugar, más amplio, donde me encuentro.
La palabra emerge del silencio de todas las otras y ese silencio es, también, el desierto.
Si tuviera que definir la palabra de mis libros, diría que es palabra de las arenas —de arena— por un breve instante audible, visible: palabra de una escucha extrema y de una memoria muy antigua.
La experiencia del desierto es, a la vez, la del lugar de la palabra —donde es palabra soberana— y la del no-lugar donde se pierde hasta el infinito. De manera que nunca sabemos si la captamos cuando surge o bien en el momento en que, con increíble lentitud, se desvanece: en el deslumbrante momento de su surgimiento o en el de su insensible desvanecimiento.
Y, tal vez, no oigamos una palabra más que en su fin porque no hay principio que no haya conocido, en sí mismo, su término; como si la palabra para ser totalmente captada, debiera dar testimonio del camino recorrido desde su nacimiento hasta su muerte: desde la nada que ilumina al emerger, hasta la nada a la que, en su caída, acaba por unirse.
Crear, en este caso, no sería más que mostrar el nacimiento y la muerte del objeto. No hablamos, no escribimos más que para el instante. La duración no nos pertenece.
Sin duda, el peso de las palabras no es otra cosa que el peso de lo vivido por la palabra a través de lo vivido por el hombre: peso de un pasado común y de la intuición de un porvenir compartido.
Es evidente que ciertas palabras, cargadas de toda la emoción de la que somos capaces como, por ejemplo, «Amor», «Muerte», no tienen para cada uno de nosotros, las mismas resonancias: porque toda vida es única; nuestra historia, la de nuestros días y noches, está detrás de ellas, con nuestras penas y nuestras alegrías, nuestras sonrisas y nuestras lágrimas: es sólo esta emoción la que las palabras que usamos, y de las que también somos víctimas, revelan indefinidamente en su incapacidad de fijar las resonancias.
¿Pero a qué se debe que al contarnos, nos hagan revivir una historia inscrita en la nuestra y al mismo tiempo más antigua que nosotros?
Oír una palabra es oírla sobre todo en sus ecos, en sus infinitas prolongaciones. El libro se construye sobre esta escucha.
A la pregunta: «¿Se considera usted un escritor judío?» siempre he respondido: «Soy escritor y judío»; respuesta, a priori, desconcertante que refleja mi gran preocupación por no reducir uno y otraoa lo que podría decir al respecto al confundirlos.
Y, no obstante, fue afirmándome como escritor como sentí que yo ya era judío. En el sentido de que la historia del escritor y la del judío no son más que la historia del libro que reivindican.
Son mis interrogantes de escritor las que me han permitido abordar, en toda su seriedad, la cuestión judía; como si el devenir judío, en un momento dado, no fuera más que un devenir-escritura.
La relación del judío —talmudista, cabalista— con el libro es, en todo su fervor, idéntica a la que mantiene el escritor con su texto. Tanto el uno como el otro tienen igual sed de aprender, de conocer, de descifrar su destino grabado en cada letra de la que Dios se ha retirado. ¡Y qué importa si su verdad difiere! Es verdad de su ser. Es verdad de su lengua. Palabra de dos libros en uno; porque el escritor judío no es forzosamente aquel que privilegia en sus escritos la palabra «judío», sino aquél para el que la palabra «judío» reside en todas las palabras del vocabulario; palabra todavía más ausente por ser, por sí sola, cada una de ellas.
La palabra «judío» nace y muere con cada judío; palabra de inmemorial herida por cada instante asumida.
Seis millones de cuerpos calcinados parten en dos nuestro siglo con la horrible imagen que perpetúan.
¿Quién podrá medir el alcance de un sufrimiento que se ha olvidado hasta de su origen para sólo acordarse de su inocencia?
Un tema judío, no, no basta para hacer un libro judío. El relato judío no está tanto en la anécdota, en la confesión, en la pintura de un ambiente, como en la escritura. No contamos Auschwitz. Cada palabra nos lo cuenta.
Hay una escritura judía, perturbadora, por haber sabido, en todo tiempo, preservarse. Escritura en la escritura donde mora.
Se reconoce por su empeño en volver a las fuentes, por su continuo cuestionarse, por su terco afán en amasar lo indecible; palabra de un vertiginoso discurso que apunta hacia un futuro cuya fragilidad conoce de antemano. Palabra de inquietud, inquietante pero fraterna, al límite de toda prueba, al límite de su decir.
Sujeto al texto, enfrentado a su propia verdad, el judío vive, a través de cada vocablo, en su puntual repetición, la esperanza y el desamparo de una misma palabra, de la que ha hecho su nombre.
La palabra judía es palabra de abismo sobre la que se abre el libro.
Se da en el judío y en el escritor un perpetuo empezar —que no es un volver a empezar—, un mismo asombro ante lo escrito, una misma fe en lo que queda aún por leer, por decir. Dios es Su palabra y esa palabra viva se reescribe eternamente. El judío creyente sólo puede acercarse a Dios pasando por el Libro, pero el comentario del Texto original no es comentario de la Palabra divina. Es el de la palabra del hombre deslumbrado por ella, como la mariposa por la llama nocturna. El comentario del deslumbramiento de la mariposa y no el de la luz cegadora.
El destino del insecto y del libro es perecer quemados: pero no mueren del mismo modo ni en el mismo lapso de tiempo. Los acercamientos al texto son múltiples, y, a menudo, enigmáticos. Los caminos del libro son caminos de instinto, de escucha, de espera, de reservas, de audacia, surcados por el vocablo, mantenidos por la pregunta. Caminos de abertura.
¿Podría una verdad que no fuera vivida, cada vez, como verdad nueva darse como verdad única? Dios ocupa la eternidad; el hombre, una vida continuamente consagrada a una muerte a la que el pensamiento toma el pulso. Palabra inmortal que se opone a palabra de toda finitud. Y el libro da testimonio de este conflicto al que ninguna página podría dar solución. Y no obstante, Dios tan sólo reside en la palabra del hombre, palabra que inspira y destruye. Tormento común.
¿Será atea la palabra religiosa más auténtica? Sólo en la distancia se habla realmente. No existe palabra que no esté separada. Y esta separación es la insoportable ausencia con la que toda palabra tropieza, como todo nombre atribuido con la impronunciabilidad del Nombre divino.
Y, sin embargo, separadas para ser al fin reconocidas —¿no es acaso necesario un blanco entre los vocablos para hacerlos legibles, una fracción de silencio entre las palabras para volverlas audibles?—, a las palabras, entre ellas, no las une otro lazo que no sea esa ausencia.
He intentado, en mis obras, dar forma al movimiento al que obedece la palabra y que se extiende desde el silencio anterior que ella rompe hasta el silencio que ella inaugura al callarse. Infinito del libro.
A menudo se ha dicho, de la que tengo muchos reparos en llamar mi obra, que era subversiva. Si a alguien ha podido parecérselo, es simplemente porque, dividido sin tregua por mil incertidumbres, en mi constante afán por vencerlas, no he dudado en exhibir sin pudor alguno mis contradiccciones.
La contradicción indispone, irrita incluso, porque mina el juicio.
Una vez fuera de nuestros labios, la palabra conoce el exilio. Identificarse con ella es abrazar su porvenir.
¿A qué se debe que el grito del recién nacido una vez expulsado del vientre materno sea un grito de dolor? Sin duda, al imponerse, en su lenguaje, como un grito de vida, es ya un grito de exiliado.
Somos por siempre, a través de nuestras palabras, ese llanto de niño en busca de una cara conocida, del calor de un pecho, de un amor.
Como la estrella en la noche, el vocablo se encuentra exiliado en el seno de la página blanca. De este exilio se hace eco el de todas las palabras.
Sólo se interroga al exilio —a la ausencia—. No se escribe más que de él.
Si la respuesta funda su lugar, la pregunta hace, de este lugar, su universo. No hay lugar para la pregunta que no sea pregunta de lugar. La respuesta es el sueño, la muerte; la pregunta es el despertar. Al privilegiar ésta, he preservado, no sin dificultad, la abertura. Para mí, nunca ha habido lugar que no fuera apertura de lugar.
Así he vivido el libro.
He pretendido llevar hasta mis límites, que son, para mí, fronteras de lo decible, la progresiva reapropiación del judío que yo era y del libro que viaja conmigo. ¿Pero de qué judío se trata? ¿y de qué libro? Puede que ni de uno ni de otro, pero sí de la fidelidad a una palabra llegada del desierto y que el judío ha hecho suya por ser palabra que emerge de todas las palabras pulverizadas, y a un libro absoluto, mítico, que cada libro intenta en vano reproducir.
La relación con la judeidad, con la escritura, es relación con lo extraño —en su sentido primitivo y en el sentido que ha ido cobrando después. Puede hacer de nosotros, en la plenitud de nuestra incondición, el extranjero del extranjero.
Tal vez la identidad sea una una trampa. Somos lo que llegamos a ser.
Ser judío y escritor sería, entonces, asumir simultáneamente, en su plenitud insalvable, un más allá judío y el más allá de un libro.
De la desmesura de toda relación con el absoluto, dar, a cada paso, su secreta medida, ésa sería su temeraria apuesta.
La imposibilidad sería, a corto plazo, el fracaso de la superación. Rechazar este fracaso es, tal vez, transformar esta imposibilidad en un aventurado posible.
Aquí reside nuestra libertad.
Me gustaría concluir con tres citas:

La primera, de Emmanuel Lévinas: «Interrogarse por la identidad judía es ya haberla perdido, pero es todavía mantenerse en aquello sin lo cual se evitaría la pregunta
La siguiente, de Maurice Blanchot: « El que escribe está exiliado de la escritura; ésta es esa su patria donde no es profeta.»
Y finalmente, está última que he tomado de uno de los personajes imaginarios de mis libros, detrás de los que me escondo: «Frente a la imposibilidad de escribir que paraliza a todo escritor y a la imposibilidad de ser judío que, desde hace dos mil años, desgarra al pueblo que lleva este nombre, el escritor opta por escribir y el judío por sobrevivir

 

A los ojos del judaísmo, existe sin lugar a dudas un espacio profano que debe estar impregnado de santidad
Gershom Scholem
(Fidelité et utopie)

«La fuerza del judaísmo —decía él— reside en provocar lo contradictorio en nombre de la Verdad Una.»
Y añadía: «Para la verdad, cada día es reflejo del triunfo en el espejo.»)

 

                                                                                               Edmond Jabès

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