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MAURICE
BLANCHOT
La parte del fuego
ISBN:
978-84-9589757-2
Año: 2007
Páginas: 308
Formato: 149 x 220 mm
Precio con IVA: 22 €
Tiempo al tiempo, 13
Traducción de Isidro
Herrera
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La parte del fuego es una monumental meditación acerca de la
creación literaria. No sólo es una colección de
impresionantes lecturas de la obra de poetas (Mallármé,
Hölderlin, Baudelaire, Rimbaud, René Char, los
surrealistas), de narradores (Kafka, Sartre, Gide, Leiris, Constant,
Miller, Malraux, Hemingway, Lautréamont) y de pensadores o
filósofos (Nietzsche, Pascal, Valèry, Paulhan), sino
también el renovado intento de Maurice Blanchot por responder a
una pregunta cuya respuesta se escabulle en el misterio de su propio
modo de ser: ¿qué es la literatura? A esta pregunta La
parte del fuego, en su ensayo final («La literatura y el derecho
a la muerte»), responderá con enorme gravedad: la
literatura es lenguaje, el lenguaje que «lleva consigo la muerte
y permanece en ella». Eso es lo mismo que también
dice su título: la literatura es la «parte del
fuego».
¿La parte del fuego? El sentido de esta expresión
francesa no es fácilmente accesible a su lector español:
«faire la part de feu» significa el acto por el cual se
acepta perder una parte para preservar el resto, como sucede cuando, en
un incendio, ante la imposibilidad de sofocar de inmediato las llamas,
se orienta el fuego en una dirección —lugar donde todo
quedará consumido (la parte del fuego)—, con el objeto de
que lo demás permanezca intacto y a salvo.
Según la analogía de La parte del fuego, para todo lo que
existe, ningún otro acontecimiento es comparable al momento en
que fue susceptible de ser nombrado. El lenguaje extiende entonces su
soberanía sobre eso nombrado a la manera de un incendio capaz de
arrasarlo todo: todo desaparece en el habla que lo nombra, todo se
apresura a hundirse en una ausencia irreparable. La literatura, que es
lenguaje, prolonga ese mismo movimiento de un modo sorprendente:
sus palabras, como todas, hacen la ausencia, pero ellas mismas
prolongan más lejos aún su movimiento y quieren hacerse
ausentes, ser esta misma ausencia. Y tal vez llegan a serlo en la obra
de todos aquellos que han llevado esta labor hasta su extremo, pero con
el resultado (decepcionante, pero ahí estará el misterio
de su gloria) de que, en lugar de la ausencia total, una y otra vez y
de múltiples maneras, sólo tienen la presencia de esa
misma ausencia así creada. Es decir, la «parte del
fuego» (la literatura), que es lo que desaparece, a su vez, en
cuanto que apunta a lo que desaparece, es lo que no puede desparecer o,
y es lo mismo, algo imposible que no puede dejar de aparecer.
«Quien ve a
Dios muere. En el habla muere lo que le da vida al habla; el habla es
la vida de esa muerte, es "la vida que lleva consigo la muerte y se
mantiene en ella". Admirable poder. Pero allí había algo
que no está ya. Algo ha desaparecido. ¿Como volver a
encontrarlo, cómo regresar hacia lo que está antes, si todo mi poder consiste en hacer de ello lo que viene después?
El lenguaje de la literatura es la búsqueda de ese momento que
la precede. Generalmente, lo llama existencia; ella quiere el gato tal
como existe, el guijarro en su presunción de cosa,
no al hombre, sino a este hombre y, en éste, lo que el hombre
rechaza para decirlo, eso que es el fundamento del habla y que el habla
excluye para hablar, el abismo, el Lázaro de la tumba y no el
Lázaro de la luz del día, el que ya huele mal, el que es
el Mal, el Lázaro perdido y no el Lázaro salvado y
resucitado.»
Maurice Blanchot
«La literatura y el derecho a la muerte»
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